Agriterna: la revolución del ARN para una agricultura sin agroquímicos

En un sector agrícola marcado por la dependencia de agroquímicos y por estrictas regulaciones, surge Agriterna con una misión ambiciosa: ofrecer una alternativa a los agroquímicos en la cadena alimenticia mediante soluciones basadas en ARN de interferencia, una tecnología que en 2006 recibió un Premio Nobel y que tiene la capacidad para silenciar genes específicos sin alterar el ADN.

Agirterna es una startup liderada por dos perfiles complementarios: Gabino Sánchez, experto científico con trayectoria académica y empresarial, y su socio, Monther Yacoub, con más de 20 años de experiencia en la venta de pesticidas, aportando un conocimiento profundo del mercado y la cadena de distribución. Esta combinación es clave para convertir la innovación en una solución adoptada por agricultores.

En esta entrevista, Gabino nos cuenta cómo Agriterna está transformando la protección de cultivos, los retos regulatorios a los que se enfrenta y su visión para una agricultura más sostenible.

Para empezar, y para que quienes nos leen se sitúen, ¿puedes explicar en pocas palabras qué hace Agriterna y cuál es vuestra propuesta de valor?

Nuestra visión es clara: eliminar los agroquímicos de la cadena alimenticia. Hoy son un mal necesario: protegen los cultivos, pero dañan el medio ambiente y la salud. Queremos romper esa contradicción y ofrecer una alternativa sostenible.

Hay una solución probada científicamente: el uso de ARN de interferencia. Esta técnica silencia genes específicos del patógeno sin modificar el ADN tanto de la planta como del patógeno. Es segura, no contamina y se degrada rápidamente sin dejar residuos.

Nuestra propuesta de valor: llevar esta tecnología al agricultor. Hasta ahora, la molécula no entraba en la planta y se degradaba fuera. Nosotros resolvemos eso: logramos que la molécula penetre y sea efectiva. Además, es específica: si hay un problema con un insecto, virus u hongo, diseñamos una molécula que afecta solo a ese organismo.

Nuestra tecnología puede aplicarse a cualquier cultivo y plaga. Por ejemplo, nuestro producto inicial se centra precisamente en ofrecer una alternativa al uso del herbicida glifosato (Round-up). La idea es mantener el control de las malas hierbas con una aproximación mucho más específica y alineada con las restricciones regulatorias que vienen. Otro ejemplo sería el “verdeo” que ha destruido el 90% de los cítricos en Florida y amenaza Brasil (https://www.ir4project.org/news/citrusgreeningbiologicals/). Si llega a Europa, la producción estaría en riesgo. También hay una enfermedad que está acabando con plantaciones de plátano en todo el mundo (https://www.fao.org/transboundary-plant-pests-diseases/news/detail/fighting-the-deadly-disease-that-is-killing-the-world-s-most-exported-fruit/en). Incluso podríamos diseñar soluciones para controlar la malaria actuando sobre el parásito (Plasmodium falciparum) y no contra el mosquito.

Comentabas que vuestro objetivo es eliminar los agroquímicos de la cadena alimenticia, algo ambicioso en un sector tan regulado. ¿Cuáles fueron los mayores desafíos al principio y cómo los superasteis?

Primero, el reto técnico: hacer lo que nadie había hecho, introducir la molécula en la planta. Fueron años de trabajo. Luego está el escepticismo del mercado: llevan oyendo hablar de esta solución mucho tiempo y nadie la ha llevado al campo de forma eficiente. También nos enfrentamos a la reticencia para adoptar nuevas tecnologías, pero por otro lado, traemos una alternativa sostenible en un mercado de 72.000 millones de euros con cada vez menos opciones y dominado por grandes compañías muy asentadas comercialmente.

Tras superar esos retos iniciales, ¿cómo se tradujo todo ese aprendizaje en vuestro modelo de negocio?

Nuestro modelo se apoya en los distribuidores, porque son quienes cuentan con la confianza del agricultor. Durante años han sido su referencia para productos eficaces, y esa relación es clave. Lo que hacemos es ofrecerles alternativas totalmente sostenibles que sustituyan a los agroquímicos que pronto serán prohibidos, asegurando que el agricultor siga teniendo opciones para proteger su cosecha.

¿Quiénes son esos distribuidores? Precisamente las mismas compañías que hoy venden agroquímicos. Nuestra propuesta es simple: cuando demostremos que nuestras soluciones son igual de eficaces y competitivas en precio, la elección será evidente: un producto que protege la cosecha, evita malas hierbas, es más ecológico y recupere la rentabilidad perdida. Así, paso a paso, iremos desplazando los agroquímicos del mercado.

En línea con ese modelo, ¿cómo encaja vuestra visión a largo plazo dentro del contexto de la agricultura sostenible?

Nuestro objetivo es lograr una cadena alimenticia libre de agroquímicos. Cada vez más consumidores quieren saber qué hay detrás de lo que comen y se inquietan ante la cantidad de productos que se aplican para que los cultivos sobrevivan. Frente a este escenario, solo hay dos caminos: o aparecen alternativas sostenibles que aporten confianza y seguridad, o nos enfrentaremos a un problema global de escasez de alimentos. En Agriterna trabajamos para ser parte de esa solución y esperamos que, en pocos años, compañías como la nuestra lideren el mercado, mientras los agroquímicos se convierten en la excepción.

Hablabas antes de la tecnología detrás de vuestra propuesta. Entremos en esa parte técnica: ¿cómo se asegura Agriterna de que sus soluciones sean seguras para los cultivos y el medio ambiente?

Nuestra tecnología no modifica el ADN y no es transgénica. Actúa únicamente silenciando procesos específicos de la plaga, sin afectar a la planta ni a otros organismos. La molécula se degrada de forma natural en dos o tres semanas, sin dejar residuos en el suelo ni en el agua, lo que le confiere un perfil de seguridad excepcional.

Quiero subrayarlo: NO es transgénico y no altera el ADN, porque es un punto donde suele haber confusión. El producto permanece en la planta durante un periodo limitado, ofreciendo protección preventiva y curativa, pero no permanente: requiere reaplicación y no se transmite a la siguiente generación. En esencia, es como darle a la planta una dosis temporal de defensa, similar a una pastilla que se disuelve tras cumplir su función.

Si comparamos con los agroquímicos tradicionales, ¿qué nivel de efectividad buscáis alcanzar y qué ventajas añadidas ofrecéis?
Estamos trabajando para que nuestras soluciones alcancen la misma eficacia y competitividad en precio que los agroquímicos. Pero además aportamos una ventaja decisiva: evitamos la aparición de resistencias. ¿Cómo lo conseguimos? Diseñamos moléculas que actúan sobre varios procesos de forma simultánea, no sobre uno solo. Esto hace prácticamente imposible que la plaga se adapte: si logra esquivar un objetivo, no podrá hacerlo con los otros.

Mencionabas la complejidad del diseño de moléculas. En ese contexto, ¿qué papel juega la inteligencia artificial para optimizar este proceso?

Diseñar nuestras moléculas es un desafío complejo: debemos optimizar hasta 21 parámetros y garantizar que no afecten a otros organismos. Hacerlo manualmente sería imposible. Aquí es donde la inteligencia artificial marca la diferencia: nos permite analizar millones de combinaciones y seleccionar las secuencias más seguras y eficaces en tiempo récord. Sin IA, esta tecnología simplemente no habría sido viable.

Pasando ahora a la estrategia, ¿cómo planeáis entrar en el mercado y en qué países estáis focalizando la expansión?

Europa presenta enormes barreras: registrar un fitosanitario puede tardar entre 7 y 10 años y superar los 25 millones de euros (https://croplife.org/wp-content/uploads/2024/02/Time-and-Cost-To-Market-CP-2024.pdf), porque se clasifica igual que un agroquímico y exige controles extremadamente rigurosos. En otros mercados el proceso es mucho más ágil diseñado para soluciones biológicas revolucionarias: en Brasil el registro apenas lleva un año y en Estados Unidos dos o tres años. Por eso nuestra estrategia comercial comienza en Brasil, continúa en EE. UU. y se extiende a países con regulaciones más flexibles. Es frustrante que la innovación nazca en Europa y termine comercializándose fuera, pero las normativas actuales nos obligan a seguir este camino si queremos ser económicamente viables.

Mirando más allá, ¿qué tecnologías o productos tenéis en el radar para los próximos años y cómo se integrarán con vuestra propuesta actual?

Estamos desarrollando tecnologías que optimicen la distribución de nuestros productos dentro de la planta, para garantizar una protección más uniforme y eficaz. Paralelamente, creemos que la detección temprana será determinante: sistemas de vigilancia con drones, inteligencia artificial y análisis de imágenes satelitales permitirán identificar plagas antes de que se propaguen. Nuestro objetivo es integrar esa monitorización con una respuesta inmediata basada en nuestras soluciones.

Además, exploramos innovaciones emergentes como sistemas integrados de control que actúan en cuanto se detecta el problema, e incluso humanoides para automatizar tareas en invernaderos. Son tecnologías que aún deben madurar, pero la clave seguirá siendo la misma: detección temprana y actuación rápida.

Desde una perspectiva más personal como cofundador, ¿cuáles son tus prioridades para el futuro de Agriterna y qué impacto social esperas generar?

Mi prioridad es que esta tecnología llegue al agricultor. Soy plenamente consciente de los retos y de la competencia con grandes compañías, pero creo firmemente que debe llegar al mercado porque puede transformar el modelo agrícola.

Además, queremos ir más allá del negocio y crear una División de Impacto: en cuanto generemos beneficios, desarrollaremos productos basados en nuestra tecnología para países en desarrollo, donde el uso masivo de agroquímicos provoca graves problemas ambientales y de salud. Nuestro objetivo es que el impacto social sea incluso mayor que el económico.

Tras las pruebas en invernadero, ¿qué hitos marcarán la siguiente fase y cómo esperáis que impacte en el mercado?

Actualmente estamos en fase de pruebas en invernadero, aplicando el producto y validando su eficacia. Una vez confirmados los resultados, comenzará la verdadera aventura: desarrollo a escala, generación de confianza entre los agricultores y un proceso de evangelización para impulsar el cambio hacia prácticas más sostenibles.

Además, nos reuniremos con asociaciones como Coexphal para comprender sus necesidades y colaborar en la promoción de una mentalidad orientada a soluciones verdes que transformen el sector.

Para cerrar, y desde tu experiencia, ¿cuáles son las mayores lecciones que has aprendido en tu camino como emprendedor en biotecnología?

He aprendido que muchos emprendedores están enamorados de su tecnología, de su “bebé”, y no del problema que tienen que resolver. Lo importante no es lo bonita que sea tu idea, sino cómo va a llegar al mercado y quién va a pagar por ella. Hay que enfocarse en el ajuste con el mercado, en resolver una necesidad real. Si no hay alguien dispuesto a pagar por tu solución, no hay futuro.

También he visto que muchas startups se quedan en el “valle de la muerte” porque no ponen suficiente énfasis en esto. Nosotros empezamos enamorados de nuestra tecnología, pero ahora estamos enamorados del problema y de cómo solucionarlo. Esa es la gran lección.

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